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Formas de la cerámica de Teruel
Las vasijas cerámicas de
los alfares turolenses acusaron la evolución general de la moda y el gusto. Así,
frente a piezas tradicionales encontramos vasijas más o menos modificadas, e
incluso completamente nuevas. En cualquier caso, todas las vasijas turolenses se
caracterizan por tener, en general, paredes gruesas, peso impropio y presentar
un acabado poco cuidado. Esta peculiaridad aun siendo común a los demás alfares
aragoneses, se manifestó en Teruel con más virulencia. Los platos que Teruel
fabricó no presentan un perfil especialmente distinto del de otros centros
alfareros. Unos presentan un fondo casi plano y paredes muy poco levantadas con
pequeño reborde de terminación. Otros tienen fondo un poco cóncavo y paredes
convexas que concluyen en un ala plana, sin arista. Un tercer tipo está
constituido por otros platitos muy pequeños, de fondo cóncavo y ala plana, que
son conocidos como cata-vinos.
Como continuación de la
etapa mudéjar los alfareros obraron gran cantidad de escudillas y tazones. Su
forma es la habitual, semiesférica, presentando las primeras “orejas”
triangulares. Una forma propia de la primera época perduró igualmente en Teruel. Se trata de los morteros, que presentan una acusada tendencia a la estilización, alargando su pie macizo a la vez que elevan y adelgazan su cuerpo superior. Dos aristas circulares rematan este cuerpo sobre el que se alza un cuello, siempre corto, con pico vertedor. En el sigo XVIII y por imitación de los almideces de metal, los alfareros turolenses tornearon un modelo muy diferente a los demás. Las aceiteras parten de
algunos modelos de “alcuzas” u “olieras” producidas en los ss. XIII al XVI.
Siguen, como los morteros, un gradual proceso hacia una mayor esbeltez,
presentando base ancha y plana, cuerpo cilíndrico que se va estrechando hacia la
boca, cuello corto marcado con boca acampanada y tremolada y un asa. Complementaria a la aceitera fue la vinagrera. Las producidas en Teruel hasta el siglo XIX tienen cuerpo esférico y achatado, fino repié, cuello cilíndrico estrecho y alto, un asa y caño vertedor en la parte superior de la panza.
También de mucho uso
fueron las orzas que modifican y combinan sus formas. Así, las hubo con o sin
repié, con asas o sin asas, de cuerpo más esbelto o bien redondeado, etc.… Las
más cuidadas, tanto en vidriado como en trazado decorativo son las de forma
esférica, sin asas y con cuello
cilíndrico abierto hacia la boca. Debieron de tener un uso farmacéutico. De igual uso que las orzas son los botes de farmacia, potes o albareles. Constan de base y cuello bien diferenciado, y un cuerpo cilíndrico algo más estrecho en su mitad para facilitar el manejo. Entre las vasijas de
agua destacan las jarras, los aguamaniles y los cantaritos. Piezas, todas ellas,
realizadas en siglos pasados y que ahora adquieren nuevos perfiles. El nuevo
signo que la moda impone se refleja en la esbeltez y en la barrocononización,
alejando la vasija del espíritu austero propiamente turolense.
Con uso de torno y
moldes, o sólo de moldes, se fabricaron también saleros, especieros y tinteros.
Los saleros turolenses son de tipo similar a otros de reflejo metálico que en lo
ss. XVII y XVIII se hicieron en Manises, inspirados a su vez en piezas de
Talavera. Entre la producción
nueva de este período destacan los fruteros, salvillas, mancerinas y jícaras,
dedos dentro de la vajilla de mesa. Los fruteros tienen forma absolutamente
plana con fina moldura en el borde y estrecho soporte de base. Las salvillas son
piezas a modo de bandejas con una o varias encajaduras donde se aseguraban las
copas, tazas o jícaras que se servían en ellas. Las mancerinas y las jícaras se
complementan. Las primeras eran hechas a molde, con escaso relieve y soporte
central para la jícara. Se fabricaron en el s. XVIII por influencia alcoreá y se
usaron sobre todo para servir y tomar chocolate. Su nombre alude al marqués de
Mancera, que al término de su virreinato en el Perú las importó a España.
Por influjo
también alcoreño se produjo en Teruel con carácter excepcional algunas
botellas de base ancha, cuello poco alargado y dos asas. También para uso
doméstico se produjeron torteras de todos los géneros, es decir, cazuelas para
la cocción de alimentos. Asimismo, terrizas o lebrillos de fondo plano y paredes
salientes. Con fines higiénicos se
fabricaron las bacías y los bacines. La forma de las primeras suele ser
semiesférica, con ala cóncava por el interior y amplia escotadura en el borde.
En ella apoyaba el cuello el cliente para que el barbero le hiciera el afeitado. Dentro de la cerámica
religiosa, las piezas de mayor interés son las pilas bautismales. De perfil muy
similar al de la época anterior, su forma evoluciona hacia contornos más
esférico y redondeados, tanto en el cuenco como en la tapa. Junto a estas piezas
y para uso y decoración en las casa y dormitorios, se hicieron pilas benditeras.
Eran de producción generalizada en casi todos los alfares españoles desde el s.
XVI. Igualmente las placas religiosas de tamaño pequeño y con temas de Santos, la Virgen e Cristo, se colgaron
en las casas como decoración piadosa o imagen de plegaria.
Series y decoraciones de la cerámica artesana de Teruel.
La cerámica azul:
El color azul
introducido en la cerámica turolense hacia fines del s. XIV continua usándose
interrumpidamente hasta el s. XIX. Las técnicas de ejecución siguen siendo las
mismas, y como ya ocurría siglos atrás las novedades decorativas penetran en la
cerámica turolense a través de sus decoraciones azules, y de allí pasan en
ocasiones a las verdes-moradas. S. XVIII. La expulsión mudéjar de
1610 supuso la llegada de nuevos artífices de las alfarerías aragonesas, y esta
renovación humana contribuyo al cambio decorativo. Los nuevos alfareros debían
fabricar un producto “de moda” o atenerse a las consecuencias derivadas de la
falta de mercado. Todas estas circunstancias sirvieron de trampolín para que el
repertorio decorativo turolense recibiera influencias de otros centros. Una gran parte de la
corriente decorativa del s. XVII hemos de calificarla como de derivación
“chinesca”; si bien esta inspiración no se produjo de modo directo, sino
tamizada por el gusto de los alfares europeos. Sin duda las relaciones entre
China y Occidente eran muy antiguas; pero a comienzos del s. XVII y con el
establecimiento de los portugueses en Macas, comenzó un activo comercio de
productos. La decoración azul y blanca de la porcelana china constituyó un
muestrario que inspiró a diversos centros europeos, destacando Delfi (Holanda) y
los centros italianos de Génova y Savoya. De aquí, la decoración china pasaría
en primer lugar a los alfares más cultos del continente- Talavera-, para acceder
con posterioridad al resto de los alfares populares catalanes y aragoneses. De todo el muestrario
chinesco, Teruel adopta únicamente ciertos motivos que repetirá sin descanso.
Prefiere ante todo las pequeñas matas en forma de abanico de largos trazos
ondulantes, y espigas o helechos de los que parten menudas espirales. Sobre esta
vegetación aparecen pájaros de larga cola por lo general posados.
Otra fuente de
inspiración es la procedente de Talavera de la reina, de su loza polícroma azul,
naranja y manganeso. Esta serie presentaba paralelismo con las producciones
italianas de Urbino y Faenza, que usaba de las mismas tonalidades aunque en
forma muy distinta. El empleo de un solo color en Teruel hizo que para lograr
ciertos contrastes entre el interior y el exterior de los motivos, se utilizaran
pinceles de distintos grosores a un mismo tiempo. La inspiración castellana puede apreciarse, aunque no exclusivamente, sobre todo en platos, fuentes o piezas similares. Las orlas es lo que más llama la atención de esta serie. dunas son estrictamente geométricas, y con ligeras variaciones al modelo que acostumbra a repetirse es muy similar: grupos de rayas acabadas en espiral alternadas con rombos cruzados con aspas. Otras presentan motivos vegetales compuestos de encintados de hojas en espiral que se enlazan y a veces alternan con flores carnosas. El resto del plato
recibió otra decoración, que según
su temática puede dividirse en los siguientes grupos: vegetales, figurativos,
animales y heráldica. Abundan sobre todo los motivos vegetales, si bien la
temática heráldica se trató con bastante éxito. En cuanto a los temas
figurativos, parece ser que existió en Teruel cierta prevención a introducir
representaciones humanas, por lo que no encontramos ese amplio muestrario de
tipos y trajes que tan espléndidamente reprodujeron los artistas talaveranos. Paralelamente a esta
influencia talaverana llegan a Teruel motivos de procedencia catalana. Si
estructuramos estas series en dos zonas: centro y ala, al
igual que hacíamos con la talaverana, podremos concebir mejor los
diversos motivos de inspiración. Teruel, frente a lo que pudiera parecer, no copió las cenefas catalanas más típicas, como la de la “corbata” y la “ditada”; sino que se inspiró en las cenefas de ciertos platos y escudillas barceloneses de fines del siglo XVI y principios del S. XVII que presenta trazos geométricos muy sencillos. Se componen de grupos de tres trazos anchos, encorvados los laterales, unidos por aspas de triple trazo fino. Muchas otras cerámica han conservado finas ondas pintadas en forma cóncava que sirvieron de guía para un sencillo trazado interior de tema vegetal.
En la zona central los motivos que se adecuaron mejor fueron los vegetales geométricos dispuestos en el interior de un círculo. En las piezas de forma cilíndrica se introdujo un dibujo muy característico del área catalana-valenciana, la figueta. Acostumbró a dibujarse con un pincel muy ancho sobre un fondo de finas espirales para de este modo lograr mayor contraste.
La
seria de Esta serie proviene en
gran parte del muestrario de la cerámica italiana y conectaron la producción
coetánea de Cataluña. La hoja-ala es uno de los temas ornamentales que componen
la serie que designamos con dicho nombre. Se presenta como la reunión en abanico
daba varias hojas de borde redondeado y forma parecida a la de un ala. Junto a
este tema se dibujaron otros secundarios como los tallos de helechos o pequeños
capullos en forma de hoja de lis. Entre este peculiar
follaje existe una variada fauna. Aparecen pájaros de estilizado cuerpo, ciervos
corriendo y conejos.
Cerámica azul del s. XVIII. La serie de la hoja-ala siguió produciéndose todavía durante una parte del s. XVIII. La evolución general del motivo se orientó hacia un trazado más rápido y un aumento de tamaño. Las hojas-ala no presentan ahora la típica disposición de gajos unidos, sino que se trazan como ganchos que no llegan a cerrarse. Asimismo, comienzan a
introducirse en este siglo motivos vegetales muy sencillos, que bien pueden
servir como tema único o simplemente como decoración de ala. El éxito de este
tema se basó en la firme seguridad de su rápido dibujo, en la conjunción de
tonalidades clara y oscura y en el ritmo movido y equilibrado.
Es frecuente que en el
eje central se sitúe un motivo central de gran tamaño a modo de capullo o flor
abierta, y que de su tallo broten múltiples hojitas de los más diversos tamaños.
Series Cerámicas de influencia italiana. Una de las producciones
más típicas de Teruel del s. XVIII son las series” esponjadas”. Tienen
indudables analogías con la cerámica que en Genova y Savoya se fabricaron en el
mismo siglo, presentan idénticos elementos, disposición y útiles de trazado. La nota más característica de esta serie son los árboles que flanquean la escena, dibujados con pincel plano, esponja o algún tipo de muñeca empapada en color. En el centro y sobre un suelo ondulante se pasean diversos personajes. Encontramos figuras caminando de perfil, animales de tamaño desproporcionado con relación al paisaje circundante. E incluso escenas de composición narrativa que recuerdan a los mejores dibujos talaveranos.
La
influencia alcoreña - Las Orlas. La puesta en marcha de
la fábrica de lozas de Álcora (Castellón) representó para la historia de la
cerámica española, el triunfo de las modas francesas.
La industria fue fundada en 1727 por iniciativa de un aragonés, y su
éxito fue tal que rápidamente serían imitadas sus decoraciones en todos los
centros, incluso en Talavera, alfar hasta entonces a la cabeza. Así pues, como
consecuencia de ello veremos come en el s. XVIII el centro de gravedad director
de la moda cerámica va a ser desplazado de Castilla a Levante, volviendo a
ostentar el área valenciana la importancia fundamental que en la etapa mudéjar
había tenido. Con todo, hemos de
señalar que a partir de los modelos alcoranos se hicieron en los diversos
alfares españoles un sinfín de variaciones sobre sus temas. Talavera reprodujo a
Álcora con bastante fidelidad. En el área aragonés, sin embargo, los motivos se
popularizaron al máximo, agrandándose, simplificándoos y adaptándose al gusto
menos refinado de su propia clientela.
Esto es lo que en líneas
generales sucedió en Teruel. Los alfareros turolenses prefirieron una temática
my concreta y breve, fácilmente reproducible y constituida esencialmente por
orlas. Las cenefas de borde de los platos se adaptaron a esta moda alcoreña, y
los temas elegidos derivaron de las decoración “estilo Berain” de la loza azul
castellenense. Estas ornamentaciones se
desarrollaron en Álcora en su primera etapa (1727-1749). El introductor de
estilo fue al parecer Eduardo Reux, siguiendo una ornamentación típica de
Moustiers, que se compuso de diversas puntillas de fina hojarasca que decoraron
exclusivamente el borde de las vajillas valencianas, con un bello azul y una
ejecución fina y nítida. Los turolenses dibujaron como derivación de aquel estilo gruesas puntillas apenas detalladas, orlas de grandes puntos a ambos lados de un fino ondulado, y delgadas líneas conteniendo óvalos. Esta influencia debió de
llegar a Teruel hacia finales de la primera mitad del s. XVIII, durante
aproximadamente el resto del siglo.
La cerámica azul del s. XIX. En líneas generales
podemos decir que a lo largo del s. XIX se desarrolla una paulatina decadencia
de la cerámica azul turolense, que le conducirá a casi su total desaparición al
llegar el s. XX.
Imagen de un santo grabada en una baldosa de
cerámica
Los motivos vegetales
estilizados del siglo anterior se trazan ahora en gruesas pinceladas a modo de
comas, rayas y puntos; generalmente, en torno a un capullo o flor cental. Otras
veces estos motivos se unen a temas nuevos: guitarras. Y grandes jarrones de
cuerpo esférico. Estos dos nuevos
elemento ornamentales son asimismo frecuentes en la loza manisera del s. XIX,
especialmente en la polícroma. También se relacionan con otros temas
talaveranos, alcereños y de Puente del Arzobispo.
La
cerámica Verde y Morada. En esta producción
bicolor lo característico será encontrar manchas verdes de contorno esfumado o
poco preciso, dibujadas por lo general con pinceles anchos, constituyendo el
núcleo principal de los dibujos; en tanto que los detalles se trazaron en
manganeso. La tonalidad es muy
similar a la de la época mudéjar, es decir, la gama esmeralda para el verde y de
morado a negro-pardo intenso en el manganeso. Estos colores se destacan sobre la
cubierta del barniz estannífero, tendente a menudo a transparentar la tonalidad
rojiza del “juguete”, lo que acusará especialmente en el s. XIX. Las vasijas se barnizan
por ambas caras, aunque es muy frecuente la aparición de piezas no totalmente
vidriadas. Así las terrizas lo están únicamente por el anverso, y muchas otras
cerámicas, como las cerámicas aceiteras o algunas jarras y tinajas, reciben un
vidriado a mandil, buscando el contraste barro-vidriado. Como nota última
destaquemos que la loza bicolor coexiste con la unicolor hasta el final de la
producción turolense. Sin embargo, queda muy claro que sus
artífices prefirieron usar el azul para las piezas más exigidas de su
producción, en tanto que continuaron usando el verde y manganeso en las vajillas
más bastas.
Ss.
XVII y XVIII. Como ya veíamos con la
cerámica azul, los platos, fuentes, escudillas y piezas de parecida forma
adoptaron una decoración dividida en dos zonas: ala y centro. Las orlas turolense son de varios tipos. En algunas piezas del s. XVII, es corriente encontrar decoraciones que son perduración de otras de siglos anteriores. Así, encontramos ondas verdes inclinadas lateralmente y a caballo unas de otras, que reciben interiormente dos, tres o más trazos morados de rellono. A pesar de su sencillez, esta orla muy turolense subsistirá con escasas innovaciones hasta el s. XIX, aumentando su tamaño y trazándose con mayor rapidez y tosquedad en la última época. Otro tipo de cenefas
resulta ser de inspiración talaverana. Así los grupos de hojitas verdes
concluidas en espiral y confrontadas hacia arriba y hacia abajo, se asemejan al
popular tema de robos cruzados por aspas que se conoce muchas veces como la
“cenefa castellana”.
Sin embargo, dentro de este grupo de cenefas vegetales las más frecuentes, sobre todo en catavinos, son las que contienen hojas, capullos triángulos y puntos encerrados entre largas ondas. A estas cenefas tan
sencillas corresponde una decoración central no menos simplificada. El mundo
vegetal se reduce a pequeños grupos florales, bien aislados o compuestos de
trazos curvos que concluyen en capullos más o menos detallados. Las figuraciones
de animales se encuentran inmersas en un campo decorativo repleto de formas
vétales. Parece como si el “error vacuo”, típico
del arte popular, impidiera dejar ni una sola porción de su entorno sin el
debido relleno. También son abundantes
los jarros o jarrones como único tema central, siendo bordeados en ocasiones por
cipreses o corazones. Igualmente se dibujan algunos rostros de perfil muy
escuetos, escudos de órdenes religiosas, peces y algunos temas solares. Lar ornamentaciones geométricas se reservaron casi únicamente para los morteros y algunas orzas, orinales y bacines. Los morteros se decoraban a base de bandas verticales y gruesos trazos horizontales.
Siglo XIX La llegada del s. XIX
supuso para toda la cerámica turolense el agotamiento general decorativo. La
vajilla se redujo en las formas al máximo, manteniéndose. Los platos y cuencos
como piezas más representativas, y haciéndose aun alguna alcuza, jarra, mortero
y tinaja. En los centros subsisten
de la centuria anterior el pájaro estilizado y posado, ahora como simple curva
sin esbozo de cabeza, ni diferenciación de cuerpo y cola. Aparte de esto, poco más
puede ser destacable. Una ornamentación que se halla muy alejada de la vibrante
rítmica de los alfareros turolenses. Una temática muy degenerada a la que
indudablemente le falta la espontaneidad de un trazado nuevo, y que solo denota
el cansancio de un dibujo demasiado reproducido, rechazado incluso hasta por el
mismo alfarero. Así pues, la calidad y técnica alfarera se encuentran rebajadas,
así como los precios, ya que no fueron sino piezas muy corrientes para un
cliente poco exigente y de escasos medios. Con tales perspectivas,
y ante la competencia general de productos más nuevos, no es extraño que a
finales del s. XIX concluyera la cerámica tradicional de Teruel, surgida de
nuevo más tarde, hacia mediados del s. XX, pero para unos usos y con unos
derroteros distintos: -
Placas
religiosas pilas benditeras y azulejos de los ss. XVII A XIX. Las placas religiosas y
las pilas son siempre de tema religioso, presentan con preferencia a Cristo en
la cruz, la Virgen
o apariciones piadosas relacionadas con la veneración popular. Todas estas
figuras suelen estar resaltadas con un bajorrelieve suave, para lo cual se
usaron moldes previamente modelados. El fondo blanco se decora mediante el
trazado de motivos sueltos pertenecientes a las más populares series de su
épocas: matas chinescas, hojas-ala etc... En la última época, las placas
religiosas dejan de representar figuras en relieve y muestran únicamente los
temas pintados planos. En cuanto a la
azulejería producida durante esta época, debió de ser mucho menos importante que
la del período mudéjar, y la prueba está en el escaso número de ejemplares
conservados. -
Placas
funerarias de los ss. XIX y XX. Dado que en esta
centuria se nota un descenso general de la producción vajillera, creemos que los
sucesivos encargos de lápidas cerámicas contrarrestarían en parte esta crisis.
Su número es abundantísimo y debieron de hacerse so sólo par ala capital, sino
también para los pueblos próximos. La mejor muestra se conserva hoy en el
cementerio de la capital turolense, varios de cuyos muros se hallan
completamente recubiertos de más de dos centenares de ellas. Las placas de cerámica
funerarias acostumbraron a hacerse casi siempre de una sola pieza,
frecuentemente cuadrangular, aunque pueden verse rectangulares y en forma de
estrella de ocho puntas. Estaban vidriadas por su cara visible con barniz blanco
estannífero, sobre el que se pintaban distintas leyendas con el nombre del
difunto, años, fecha de su defunción y alguna inscripción piadosa. Es frecuente encontrar
estas inscripciones acompañadas de motivos funerarios: guadañas, cruces,
calaveras y cipreses, o bien motivos relativos al tipo de muerte misma de quien
se refiere. |
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