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Hormas cerámicas de Muel: Los platos: En cuanto a su tamaño, sus medidas más frecuentes oscilan ente los 18 y los de20 cm de diámetro, con una altura aproximada ente los 3 y los Los cuencos:
Corresponden a un tipo de pies de paredes altas y perfil esférico, acabadas
mediante un reborde más o menos diferenciado en su boca y un repié medianamente
acusado. Tazones y escudillas: Durante este segundo período son casi más frecuentes los tazones que las escudillas. Ambos tienen un perfil parecido, semiesférico, sin embargo, los tazones suelen presentar repié circular al exterior. Distintas piezas de
farmacia: Existen gran cantidad de formas cerámicas cuyo uso corriente en
farmacias fue el de contener diversos específicos. Frente a la producción de los
otros alfares españoles, rica en este tipo de piezas desde el s. XV, en Muel su
fabricación se centró en los ss.
XVII y XVIII, no conservándose piezas anteriores de segura adjudicación.
Con el Término albarelo, de procedencia italiana, se designa a unos botes de
forma cilíndrica, boca ancha y
cuello corto, repié y un acusado
estrechamiento en su zona central para facilitar su manejo. Su forma coincide a
grandes rasgos con la que encontramos en los demás alfares españoles de su misma
época. Sin embargo, comparando los albarelos de Muel con los de Teruel, notamos
que los botes turolenses presentan proporciones mucho menos equilibradas.
Entre las vasijas torneadas para contener líquidos destacan las jarras,
aguamieles, cántaros y botijos. Las jarras presentan por lo general cuerpo
esférico, si bien podemos encontrar algunas de forma ligeramente troncocónico, e
incluso cilíndricas.
Los aguamaniles de Muel mantienen la forma típica de esta vasija, de cuerpo
globular, cuello ancho y alto, dos asas y orificios de salida del líquido en la
pared inferior, ya cerca de la base.
Con un sentido exclusivamente decorativo se emplearon los jarrones. Aparecen con
poca frecuencia y los conservados proceden de los ss. XVIII, XIX y principios
del s. XX.
Terrizas: Fueron de uso casero y muy variado: para lavar la verdura, la vajilla,
algo de ropa, o “como una de ellas indica en su inscripción” para hacer
morcillas y mondongos. Las soperas y ollas debieron de fabricarse con bastante frecuencia y con gran variedad, conservándose hoy sobre todo ejemplares del s. XIX .
En el s. XIX se hicieron también dos vasijas distintas, ambas con caño vertedor. Una de ellas pudo ser una aceitera, de forma alargada, como de botella con cuello más estrecho y asa redonda y alta. La otra presenta cuerpo redondeado y corto, apoyado sobre un solero definido y concluida en un cuello vertical. Se completa con dos asas laterales y un caño largo doblado hacia arriba. Su uso no parece muy claro, aunque desde luego nos encontramos ante una vasija de mesa, conformada para contener algún alimento caldoso. De uso igualmente casero fueron las mieleras. Son muy frecuentes durante los ss. XVII y XIX, presentando un perfil cilíndrico, abombado hacia el centro. En
menor proporción con relación a las anteriores se hicieron otras piezas como
jícaras y mancerinas. De las primera se ha encontrado numerosos fragmentos; no
ocurre lo mismo con las segundas. En todo caso, su producción tuvo que ser
similar y paralela, dado que las jícaras son pequeños vasos que se acoplan a las
mancerinas o bandejas. Como complemento de
adorno y uso en la mesa fabricó Muel algunos candelabros. Los conservados
proceden del s. XIX y presentan u pie moldurado y dos brazos curvos. Son pues,
imitación de la producción general de cerámica española. Los saleros, a menudo identificados como tinteros, se asemejan a los de Teruel. Además de estas
vajillas, se produjeron sobre todo en la última época algunas otra piezas, tales
como juguetes infantiles, que reproducían en tamaño pequeño las piezas que
torneaban ordinariamente; piezas de adorno y engaño, como las “perdices” de
inspiración alcoreña; etc.…particular interés revisten las piezas de azulejería,
desde los suelos y arrimaderos, que debieron de hacerse previo encargo, a los
paneles de azulejos con tema religioso que sirvieron de decoración piadosa en la
fachada externa de las casas y calles. Se hicieron también
plaquitas con el “vía Crucis”, pilas benditeras para las casas, pilas
bautismales y lápidas funerarias que se hallan distribuidas hoy en gran parte de
los cementerios de la provincia de Zaragoza.
Las decoraciones: La expulsión de los
moriscos en 1610 significó en la trayectoria cerámica de Muel la ruptura con el
período anterior de tradición y gustos mudéjares y la adaptación e incorporación
de las tendencias decorativas de las otras
producciones peninsulares costénses. La cerámica
verdaderamente nueva se desarrolló en monocromía azul, o en policromía de azul,
verde y manganeso. El tono más frecuente de azul es el azul grisáceo, como
sucio en muchas ocasiones, o pálido; pero que nunca y salvo en los
finales del s. XIX, llega a ofrecernos el aspecto de azul-azulete intenso. El
verde es como en el s. XVI, de tonalidad esmeralda, pálido y desvaído en general
y únicamente más intenso en los
puntos de mayor apoyo del pincel. El verde de Muel nunca llegó a alcanzar la
intensidad algo ferruginoso del de Teruel. El morado de manganeso dio gamas
morado-negruzcas y pardo-marrones, menos intensas que las turolenses.
Los inicios de la cerámica pintada de Muel. Una gran parte de las
cerámicas producidas en Muel durante la primera mitad del s. XVII presenta
decoraciones iguales a las que encontramos en mucha de la cerámica excavada en
Reus, o la conservada en diversos museos y colecciones calificada como
“reusense”. Una orla muy catalana
nos muestra una serie de trazos de perfil escalonado y estructura triangular. Si
bien es un tema ya ofrecido en las series decorativas de reflejo metálico
producidas por este mismo alfar en el s. XVI. También son muy catalanas las orlas de “corbata”, dibujadas en acusado contraste de pinceles ancho y fino, que encontramos en Muel como evidente aporte de los alfareros catalanes. Dentro de esta rítmica se hicieron otras cenefas con innegables similitudes a otras reusenses. Presentan grupos de tres trazos anchos, ligeramente curvados los laterales, unidos por finas líneas en zig-zag. Frente a esta inspiración se encuentra la mencionada influencia de Talavera, llegada directamente o a través de interpretaciones catalanas. Estas cenefas se caracterizan por ser bastante más anchas que las “catalanas”, de modo que ocupan algo más que el ala misma del plato. Los temas que presentan son de tipo vegetal, esquematizados pero claramente reconocibles. Así encontramos ondulaciones concéntricas de cuyos puntos de enlace parten tallos largos con simplificadas flores .f. O bien helechos alternados en ocasiones con grandes rombos de lados curvos cruzados por aspas, o con manejos de espigas formando matas de perfil triangular. Estas orlas de procedencia catalana o castellana, rodean por lo general temas centrales. Los más simples reciben un fino reticulado interior y tienen inscrito un rombo de lasos curvos en ocasione, dicho rombo recibe formas vegetales esquemáticas en sus huecos, muy similares a las que encontramos en Reus en platos de bicromía azul-amarilla. Otros centros que enlazan con los catalanes, son flores estilizadas o de cuatro pétalos vistos desde arriba, ocres de Malta, a las que se rellena a veces con matitas vegetales. La cruz de Malta fue un tema predilecto del reflejo metálico reusense de estos mismos años, trazado por lo general a gran tamaño, ocupando todo el campo decorativo de la vasija. En Muel este motivo aparecerá raramente a partir de mediados del s. XVII. Otro grupo de centros
de Muel menos abundantes que los anteriores constó de pájaros de alas extendidas
ante un fondo vegetal, o bien de cabezas
humanas, femeninas o de guerreras. El punto de partida de estos centros
debió de estar en otros talaveranos y de Puente del Arzobispo, procedentes de
sus series polícromas “azul, naranja y manganeso”.
La serie de orlas geométricas (segunda mitad x. XVII primera mitad s.
XVIII) Frente a la casi
exclusiva preferencia de una
monocromía azul durante la primera mitad del siglo, desde mediados del s. XVII,
junto con el azul tradicional encontrémoslas ya citadas cerámicas
pintadas con policromías “usuaves” a base de azul, morado y verde, nada
chillones y por ello poco destacables en conjunto. La continuación de
alguna de estas series geométricas durante la primera mitad del s. XVIII se
diferenció de su producción anterior por un colorido en general más pálido en
los azules y verdes, y un más contrastado y caligrafiado morado de manganeso.
Entre las orlas geométricas que a partir de ahora encontraremos, destacan: las
de tres trazos curvos y anchos, unidos por rombos cruzados por aspas, que
durarán toda la mitad del siglo o más. Este modelo se modificará también y los
rombos cruzados por aspas se sustituirán en ocasiones por pequeñas estrellas. Se
derivará también hacia orlas de brandes rombos cruzados por aspas, trazados con
pincel ancho y fino, entre dobles pinceladas verticales. Más interesantes son las que denominamos en general cenefas de ondas. Las agrupamos básicamente en dos grupos: el de ondas cóncavas al borde del plato y el de ondas convexas a él. Por muy sencillo que pueda parecer el motivo, la variedad de modelos es grandísima. Pese a su gran
original8idad, estas cenefas geométricas de Muel muestran cierta relación con
otras semejantes trazadas en la cerámica azul y polícroma catalana de mediados
del s. XVII, especialmente los grupos de “la panotxa” y de “la segarra”. Las
disposiciones son sin embargo muy distintas y frente a la preferencia por la
acumulación de cenefas concéntricas en torno a un gran motivo central que
muestra la cerámica catalana, la aragonesa preferirá siempre un tamaño mayor,
una ejecución más suelta y la reunión de pocos y sencillos motivos. La serie de las orlas y
temas vegetales (segunda mitad s. XVII y primera del s. XVIII). En estas series
aparecen hojas estilizadas de helechos dispuestos entre gruesos capullos o
frutas circulares. O bien cunas hojas inclinadas y macizas con gruesa cabeza
circular, seguidas de varias rayas finas que asemejan olas, f. Son igualmente
frecuentes las cenefas de matas carnosas compuestas de hasta cinco hojas,
alternadas con trazos verticales perfilados por otros más finos concluidos en
voluta, estrellas o zig-zag verticales. De toda esta temática
las matas de hojas carnosas son comunes a Muel y a Teruel, pero con notables
variaciones. A diferencia de las zaragozanas, las matas turolenses presentan en
su interior trazos equivalentes a nerviaciones, sus hojas son alargadas y no
redondeadas, y acaban en terminaciones puntiagudas. Los motivos se usaron tanto en el s. XVII con en parte de siglo siguiente. Los del s. XVIII se reconocen por la ya referida coloración más pálida del azul y verde y por un morado más caligráfico.
Centros de las series anteriores. Las dos series que hemos visto hasta ahora, geométricas y vegetales, tuvieron a menudo centros semejantes. Los de tipo geométrico, se componen en su versión más simple de uno o más círculos de trazado ancho, de pequeño diámetro y en algún de caso rayado interior, .f. El diámetro de otros es bastante mayor y su perfil consta por lo general de tres círculos concéntricos. Su interior se rellena con pinceladas paralelas. Otro grupo divide su círculo en cuatro partes mediante el trazado de sus dos diámetros y en su interior se dibujan pequeños motivos esquematizados, interrogaciones o aspas. O bien aparece un rombo de lados curvos. Con menor asiduidad encontramos motivos cruciformes, como cruces de Malta rodeadas por un círculo, y temas de animales, sobre todo conejos y pájaros saltando o posados.
Entre los centros sin enmarcar, dibujados a gran tamaño, hallamos grandes peces, de cuerpo cruzado por anchas rayas, cola terminada en volutas y aletas formadas por varias pinceladas. Hay también bustos humanos, a veces de guerreros, vestidos a la moda de la época, pero siempre muy simplificados.
La serie de las escamas (segunda mitad s. XVIII). Como derivación de las cenefas geométricas de ondas surge otra serie que denominaremos de las escamas o imbricaciones. Como su nombre indica, se componen de una serie de semicírculos, más o menos regulares, dispuestos como escamas de un pez. Se sitúan en dos formas: cóncavas con relación al borde de la vasija y convexas a la misma. Su Interior se rellena de trazos curvos más finos, rayitas verticales o capullos en ángulo mas o menos simplificados. El tema de las
imbricaciones es muy antiguo. Lo hallamos ya en la cerámica española desde los
ladrillos esmaltados que sostienen el mihrab de la mezquita de Córdova (s. X) a
la cerámica de reflejo manisera y aragonesa de los ss. XV y XVII. Sin embargo el
paralelismo más inmediato lo
encontramos en la cerámica de reflejo valenciana del s. XVII.
La serie de los temas solares (s. XVII – primera mitad s. XVIII) Estructuralmente el
motivo se distribuye en torno a un pequeño centro circular del que parte lagos
brazos solares, que llegan casi hasta su borde. Desaparece por ello la cenefa
periférica, o mejor dicho queda reducida a simples líneas rectas o de zig-zag .
Dicho motivo debió de llegar a Muel a comienzos del s. XVII, traído por los
alfareros reusenses. En Cataluña los temas solares fueron muy frecuentes, no
sólo en las producciones propiamente reusenses, sino en muchas otras trazadas en
azul o en franca policromía. Esto no prueba sino la gran relación y los
frecuentes intercambios que se dieron entre los alfares aragoneses y catalanes. Hacia mediados del s. XVII algunos de estos temas solares tienen u rostro humanizado, con ojos, cejas, nariz y boca, e incluso un corte flequillo sobre la frente.
Las series vegetales del s. XVIII. Entre los diversos
motivos sobresale la “hoja-ala” u “hoja-flor”, denominada así por su forma
alada. Como ya señalamos al tratar de las cerámicas turolenses del s. XVII, este
motivo comenzó a tratarse en aquel alfar como tema adoptado y adaptado de la
cerámica italiana. Una vez regionalizado, su éxito y difusión fueron tales que
pronto pasó a los otros alfares aragoneses, entre ellos los artistas de Muel. La cerámica con decoración de hoja-ala de Muel se compuso de una serie consecutiva de lados curvos, formando matas de las que parten rayitas y esbeltos espigados. La simplificación paulatina de este motivo a lo largo de la primera mitad del s. XVIII condujo a la desaparición de los espigados y otros motivos adicionales. Esta decoración se situó inmersa en otras y fue concebida a modo de un trozo de paisaje. Es decir con una perspectiva perfectamente natural, con sus edificaciones de fondo, sus vegetaciones en primer plano, animales y figuras humanas caminando, corriendo, saltando y un cielo alto salpicado de nubes o surcado por pájaros. Entre los motivos que acompañan a la hoja-ala destacan los animales y las figuras humanas. Las aves de Muel tienen una cabeza pequeña y redonda, el cuerpo fino y una larga cola. Aparecen posadas sobre matas, o con las alas desplegadas a punto de posarse o echarse a volar. Siempre de perfil, en una perspectiva correcta y sin el distorsiona miento turolense. El conejo por su parte, aparece siempre saltando hacia delante. Sus patas delanteras se muestran recogidas, en tanto que las posteriores las tienen estiradas. Animales menos
frecuentes serán los corderos, cérvidos, leones, dromedarios, unicornios,
perros, erizos, elefantes, caballos, lechuzas, etc... Un muestrario, pues,
variadísimo, que ya se trazó en la cerámica italiana y por la misma influencia
en la cerámica de Talavera. La figura humana es muy importante. Su posición en primer plano nos lo revela muy bien. Nos encontramos hombres y mujeres con trajes de época; obispos con su báculo y mitra, niños y angelotes desnudos sosteniendo cartelas o cintas con inscripciones, figura femeninas desnudas.
La influencia alcoreña (segunda mitad de s. XVIII). Como en los demás
centros aragoneses, también en Muel se dejó sentir fuertemente el influjo del
Alcora. Con él llegaba a Aragón el reflejo de las ornamentaciones de la cerámica
francesa. De la producción de Alcora, Muel sólo copió con bastante precisión las
cenefas características del estilo “berain” y algunos motivos florales de los
llamados de “pintura ramito”. Así, encontramos bastante piezas
decoradas con una fina puntilla perfilando el borde de los platos. En otras piezas de gran
tamaño, el trazado de dichas cenefas cobró un aspecto distinto. Al agrandar los
motivos y utilizar para ello pinceles muy anchos, el diseño y rítmica de las
cenefas se transformó hasta el punto de casi crear otras nuevas. Así lo vemos en
una terriza conservada en el museo Provincial de Zaragoza, en la que la orla de
puntillas “berain” ocupa casi toda la pared en una tosca y popular ejecución a
dos tonos de azul. En el centro una inscripción no da a conocer su uso, su
propietario y probablemente su autor y la fecha de fabricación: “Esta
terriza es morcillera i asia tambien mondon/ geras i quidado que puercas sean/
tes para en fies/ tarla a
En toda esta influencia
jugó un papel muy importante el establecimiento en Zaragoza de una factoría y
almacén para la venta de la loza de Alcora en nuestro región. En la
documentación conservada se precisa que lo que se mandaba a la capital aragonesa
desde Alcora era la loza más popular, entre las que entraba como una de sus
decoraciones más características la de pintura remito. De aquí que la fuerte
competencia provocara la subsiguiente copia, que a nivel popular tendría más
venta, pues no en vano era mucho
más barata. La influencia de este alfar castellonense (1798-1851) se tradujo en Muel sobre todo en la reproducción de la llamada “fauna de Alcora”, integrada por figuritas muy realistas de diversos animales que sirvieron como vinagreras, salseras etc.… De esta producción brillantemente policromada, Muel sólo reprodujo las perdices, y ya bastante tardíamente, hacia la primera mitad del s. XIX.
La serie de los tamponados (s. XVIX). A partir del s. XIX se difundió en Muel la técnica del tampón empapado de color, que sirvió para trazar decoraciones muy características, generalmente florales. Las cerámicas así decoradas recibieron un tema central y otro en el borde más o menos ancho e importante como cenefa. Algunos platos presentan ramos de flores de perfil impreciso, obtenidos por una sucesiva impresión con el tampón, sus tallos finos y a pincel las enlazan formando un tronco común.
La series Vegetales y Geométricas del s. XIX. Es éste un grupo
heterogéneo que no llega a constituirse como una serie con personalidad propia.
Se compone de motivos muy diversos de procedencia variada; desde la valenciana
de Manises a la talaverana o de Puente del Arzobispo. En cuanto al color, además
de tradicional azul se usó de la policromía, que alcanza también al verde,
morado, amarillo e incluso rosa. En todo caso parecen colores ya preparados, que
no destacan con demasiada personalidad sobre los que se utilizaban en los demás
alfares españoles. A Muel llegaron las cenefas de “estilo Olerys” alcoreñas, aunque modificadas por las versiones valencianas del s. XIX. Se compone como una serie de guirnaldas pendientes del borde, así las vemos en un plato que lleva como inscripción: Muel, Pascual Soler. Entre los motivos geométricos encontramos ondas, o semicírculos seguidos, secantes y tangentes, punteados o rayas interiores. Hay ángulos, curvas convexa y cóncavas, rombos combinados con motivos de curvas, etc.… Todos ellos guardan relación con otros temas valencianos, o presentan reminiscencias de ornamentaciones anteriores.
La serie de los estarcidos (fines del s. XIX y principios del s. XX). A mediados e fines del
s. XIX se produjo en Muel una gran cantidad de cerámicas decoradas por
estarcido, es decir, a base de plantillas o trepas. En esta serie el pincel se
usó tan sólo para trazar círculos concéntricos con terminación en el borde de
los platos. Los temas de es te
estilo de decoración en la cerámica, fueron siempre pequeños y muy sencillos:
jarrones con hojas, flores pequeñas, perros, estrellas, pájaros, soles… o
inscripciones con el nombre del poseedor, tales como Lucía, María, Joaquín,
Rodrigo, etc.….f. Este tipo de decoración fue común a muchos alfares españoles
de esta época, casi todos ellos en su fase última de evolución cercana a su
extinción.
La azulejería (ss. XVII- XX) Hacia mediados del s.
XVII (1651) ya tenemos constancia documental de que la catedral de La capilla de San
Vicente sólo tiene azulejería en el suelo, de temática vegetal. En sus azulejos
se repiten grandes jarrones de aspecto metálico y perfil complicado, con dos
asas, y un gran ramo de movidas flores. Se pinto en una amplia policromía, a
base de azules, amarillos, naranjas, verdes y morados de manganeso para los
perfiles, todos destacados sobre el blanco barniz estannífero del fondo. La solería de la
capilla de San Agustín de Relacionados también
con todos los anteriores se encuentran algunos azulejos del suelo de la capilla
de San Juan, en el trascoro de En la capilla del
palacio arzobispal se conservan también junto a la azulejería de Muel, otra
indudablemente de la misma procedencia, que muestra el tema del “clavo” o de
“cabeza de clavo”. En dicha capilla y
fechable también en el s. XVIII, hay junto al altar dos paneles de azulejos de
tema burlesco. En uno aparece un hombrecillo desnudo y rechoncho tocando un
laúd. En el otro una segunda figura masculina, vestida con zamarra de piel, toca
una gaita. En la parte superior de ambos recuadros aparece un animal,
segu8ramente un mono, y un fondo de árboles esponjados. Lo raro del tema nos
hace suponer que pudieron haber sido grabados de gravados populares. En la entrada de la
capilla de San Miguel, en la iglesia de San Pablo de Zaragoza, hay dos pequeños
paneles de azulejos cuadrados, pintados en azul al claroscuro. Presentan en
primer plano una figura de soldado provisto de coraza, casco de pluma y lanza,
destacando ante un fondo con edificaciones y árboles, y ante un campo de
“enrejados” y “hoja-ala”. Hacia mediados o segunda mitad del s. XVIII debió de hacerse el frontal de azulejos de la capilla de San Hipólito, en la iglesia de San Cristóbal de Muel. Dedicado a las patronas de los alfareros, Santas Justa y Rufina. Estas aparecen en el centro y se enmarcan en un amplio repertorio barroco de rocallas, temas vegetales y pájaros estilizados. Otros revestimientos
murales que se hicieron a fines del s. XVIII se conservan en la ermita de la
fuente Virgen de Además de la
fabricación de azulejos para cubrir muros o suelos, a partir del s. XVIII se
hicieron en Muel paneles compuestos por unos pocos azulejos con tema religioso.
Se situaron al exterior de los edificios, empotrados en los muros. De este tipo
son los existentes en Muel y María de Huerva, en los que aparece En la última época ya,
a fines del s. XIX y principio del XX, se hicieron azulejerías decoradas por
“estarcido” con temas muy sencillos, en azul, verde, e incluso rosa. En todo
caso, al llegar al s. XIX prácticamente desaparecía la gran azulejería producida
desde siglos atrás, quedando de ella sólo restos muy mediocres.
Las Lápidas Funerarias (ss. XIX y XX). Entre la producción del
s. XIX destacan las lápidas funerarias por su gran número, máximo interés
popular y toda la carga de espontaneidad que llevan consigo. Su fabricación
coincide con la de muchos alfares españoles, Teruel por ejemplo, y de ella hemos
recogido ejemplares en casi todos los pueblos de nuestra provincia. |
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